Pero desde aqui quiero hablar de esa otra heroicidad más cotidiana, más real, más anónima y, aparentemente, impersonal e irrelevante para una gran mayoría. Es esa heroicidad de esas otras personas conocidas o desconocidas -y afortunadamente cercanas- que luchan diariamente por ser como son en un mundo que agrede a los provocadores que son ellos mismos, que aman sus sueños y luchan por ellos y que quieren a los demás como a ellos mismos! Muchas veces son esas mismas personas que imponen el silencio y la distancia, aunque sea a los seres que más aman y siempre con una sincera sonrisa! Son personas que me encuentro cada día, afortunadamente, vaya donde vaya! Sé reconocerlas, pues he aprendido a ver que, tras su aparente fragilidad humana y esa sonrisa que siempre lucen ante los demás, hay mucha fortaleza y valentía de corazón para transitar este pequeño mundo, ajeno, extraño y, a veces, aparentemente cruel con nosotros. Y esas personas tienen el derecho a participar de mi vida y de mis logros en ella, porque he sabido verlas, identificarlas e incluso compartir mágicos y singulares momentos con cada una de ellas. Ese heroismo cotidiano y contagioso, admirable y sutil, que esconde tras de sí y siempre con la mejor sonrisa, la fortaleza y la esperanza de un corazón grande, aunque a veces demasiado silencioso o agazapado!
A veces el ser humano necesita admirar el heroismo ajeno, espectacular y lejano, sin recordar que el hecho de valorarlo -y hasta envidiarlo- ya significa que lo posee él mismo. Demasiadas veces proyectamos nuestras fuerzas y debilidades en los demás... y obviamos u olvidamos las nuestras, por discretas que parezcan, pero que siempre existen. Si no tuviéramos heroísmo propio, no podríamos verlo y admirarlo en los demás. Y eso es extensible al amor, la libertad, la paz interior... todos esos sentimientos profundos que, de vez en cuando, nos conmueven y despiertan nuestra admiración por los que, creemos erróneamente, los poseen en exclusiva! Tal vez también por eso Jesucristo tuvo que hacer, de vez en cuando, milagros ante las multitudes...
EVA LARRAURI 03/05/2008
Eugenia Pilar nació el 27 de agosto de 1987, semanas antes de lo previsto. El médico que atendía a su madre, Anneli Lipperheide, programó una cesárea cuando descubrió que el feto tenía el cordón umbilical enrollado al cuello, pero no pudo evitar un infarto de médula espinal. Las conexiones nerviosas quedaron dañadas. La recién nacida no podía mover los brazos ni las piernas y respiraba con dificultad. Le dieron 15 días de vida. Al principio, los médicos intentaron que la niña respirara por sus propios medios, pero sus pulmones no le garantizaban el oxígeno necesario, así que la volvieron a conectar al respirador de la unidad de cuidados intensivos (UCI).
El 2 de marzo pasado, Eugenia Pilar murió en la misma sala del hospital vizcaíno de Cruces donde transcurrieron sus 20 años y seis meses de vida. "La UCI de pediatría era su mundo", cuenta su padre, "un mundo muy limitado, pero en el que ella se reconocía útil". Otros niños iban y venían, les daban de alta y no regresaban jamás. Eugenia Pilar seguía allí y era consciente de la diferencia. El respirador no le permitía hablar, pero ella tomaba la responsabilidad de avisar a las enfermeras chasqueando la lengua si pitaban los monitores de otros pacientes, o protestando con toda su energía cuando se iban las visitas. "A veces con palabras se dicen mentiras, pero no con la expresión. En mi niña no había impostura. Sus gestos, su cara, transmitían su afecto, sus enfados y alegrías...".
Le reconforta hablar sobre su hija. "Es un privilegio poder contar la existencia de mi hija en la cuerda floja, es un regalo que me ayuda a vivir. La gente debe saber que se puede ser feliz con muy poco". El relato de Fernando Maura está siempre salpicado de la palabra UCI. Eugenia Pilar creció en la UCI. En la UCI recibió la primera comunión. Y en la UCI recibía las clases de dos profesoras que le preparaban un programa a su medida. También en la UCI se enteró hace cinco años de que Anneli, su madre, abatida por la depresión, acababa de morir. Desde entonces, un dietario servía de guía para organizar las visitas. Los más asiduos, además de su padre, eran su abuelo paterno, tres de sus tías, dos amigas de su madre y una voluntaria de la Cruz Roja. Hace unos días, nada más enterarse de su muerte, los padres de una niña que había pasado fugazmente por la UCI escribieron en el blog de Fernando Maura: "Tuvimos la suerte de disfrutar de ella durante 25 días en cuidados intensivos, y digo disfrutar porque eso fue lo que [consiguió] Pilar, nos hizo la estancia mucho más fácil y agradable. No sé explicar la fuerza, la vitalidad, la sensación de presencia que Pilar daba. Ya desde la primera noche, Pilar nos dijo cómo [nuestra hija] había pasado la noche, si había llorado mucho o no. Luego fuimos conociéndonos mejor. Tenemos muchos recuerdos de su abuelo, un gran hombre y mejor abuelo; de sus tías, dos chicas que venían de muy buen humor, la disfrazaban y lo pasaban muy bien, y nos lo hacían pasar mejor...".





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