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miércoles, 18 de noviembre de 2009

¿ESPIRITUALIDAD O RELIGIOSIDAD?



Mucha gente confunde espiritualidad con religión. La espiritualidad es algo intrínseco en el ser humano, en cambio la religión y la práctica religiosa es una opción, una decisión personal.

Particularmente creo en la libertad de culto, pero asímismo admito el peligro que cualquier "culto o dogma" supone. Creo que no hay que confundir el fin con el medio... y en el caso de la religión, demasiadas veces se confunden formas y fondos... y no puede ser una escapada de nuestra responsabildad como seres humanos! Por decirlo de una manera sencilla y como consecuencia de lo dicho hasta aquí, la religión se practica en la iglesia (la congregación de fieles, más allá del edificio arquitectónico)y ésta es una institución humana, regida por humanos, con todos sus pro's y contra's, sus fortalezas y sus debilidades. Precisamente a eso se acojen los ateos, los no practicantes o los ex-practicantes desilusionados cuando argumentan su posicionamiento en estos temas. Estaremos o no de acuerdo, desoiremos el papel histórico y seguramente reprochable -en algún momento- de la institución eclesiástica que sea, pero no podremos obviar el caracter espiritual del ser humano como tal.

Particularmente, aunque me declaro católico practicante, me considero más o menos laxo en mi práctica habitual religiosa. Creo que cualquier práctica asidua nos ofrece una singular e inestimable ocasión de reencontrarnos con nosotros mismos durante un "tiempo", lo que es un respiro en un mundo loco como el actual, donde lo más facil, cómodo y habitual es escaparse de nosotros mismos y de nuestra conveniente responsabilidad personal frente a la existencia. Da igual si le llamamos Jesucristo, Alà, Cósmos, Energía, Ser o Buda, recurrimos a Algo Superior que, queramos o no, ilumina nuestra vida y le otorga sentido.

Particularmente creo que esa "mejor"" vida que merecemos, solo podemos alcanzarla desde este sentido trascendente de nuestro ser. Sin él, solo dispondríamos de una "buena" vida y su sentido no explicaría -ni con mucho- la grandeza que nos envuelve y, sobre todo, nuestra ascensión hacia Nosotros Mismos, con todo lo que eso supone. Solo así, en esa dimensión trascendental puede entenderser que nuestra mundanal vida cotidiana tenga escondido un verdadero sentido.




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martes, 7 de abril de 2009

ESPIRITUALIDAD... ¿O SOLO RELIGIÓN?


El ser humano es un ser eminentemente espiritual. De hecho, en su Alma coexiste su esencia humana y divina, lo que metafóricamente explica, por ejemplo, la bíblica reencarnación de Dios hecho hombre, entre otras. Y eso hace que, de una u otra forma, el ser humano busque -consciente o inconscientemente- su más alta aspiración divina y trascienda su vida simplemente humana. Eso, además, justificaría, por sí mismo, esa innata -aunque en un momento dado, redescubierta- necesidad de "elevar" su vida y asumir su verdadera responsabilidad ante ella!

El camino es, sin duda, la religión, testigo humano, presente tangible y permanente entre nosotros de la presencia de Dios en nuestra vida, lo que satisface nuestra naturaleza espiritual. Pero, con el paso del tiempo, una serie de acontecimientos y tramas político-históricas, partiendo de un Hecho Único, se fueron desarrollando diferentes maneras de ver, de interpretar y de vivenciar ese sentimiento religioso. Y, como no podía ser de otra manera siendo una creación humana, se institucionalizó, heredando ciertas limitaciones humanas, como su cortoplacismo, su miopía, su vanidad y su política, lo que hizo de cada religión y su correspondiente iglesia-institución algo demasiado único, excluyente y, lo que es peor, muchas veces vacía en esencia, desvirtuando su propio origen divino. Hoy, tras el transcurso de los siglos e inmersos en un cambio de sistema, quizás ya demasiado alejados de nuestra esencia divina y de sus referentes en alguna religión, el ser humano sigue buscando reencontrarse consigo mismo y con su espiritualidad innata y pura para poder reencontrar el sentido de su vida. Las diferentes religiones y sus correspondientes iglesias hoy -para una gran mayoría- ya no responden a la espiritualidad humana y a nuestra ansia por trascender en nuestra vida terrena y vacía.

Aquí la reseña de un libro editado en el que se revisitan los estudios de Mircea Eliade sobre las diferentes religiones y sus diversas visiones divinas...


La religión será la gran novedad durante la crisis, y está demostrado

Pascual Tamburri Bariain. El Semanal Digital. 3 de abril del 2009.

Antes, durante y después del cristianismo, la religión es una constante humana con reglas propias. Comprobándolo, el rumano Mircea Eliade creó una nueva disciplina científica en el siglo XX.. Mircea Eliade, Tratado de historia de las religiones. Morfología y dialéctica de lo sagrado. Traducción de A. Medinaveitia. Cristiandad, Madrid, 2009. 660 pp. 22.90 €

El mundo occidental ha vivido desde hace 150 años el mayor cambio religioso de los últimos dos milenios. No se trata de una persecución de la religión ni de la aparición de una nueva confesión que sustituya al cristianismo; aparentemente Europa y sus anexos culturales están experimentando una "apostasía silenciosa". Millones de europeos, más que nunca, dicen no tener ninguna religión, niegan cualquier forma de trascendencia, y especialmente la cultura y la política españolas parecen mutar en consecuencia. Y sin embargo...

Basta que el progreso material se detenga, basta que la opulencia sea menos evidente, basta que flaqueen las certezas materiales sobre las que se construye el abandono militante de la religión para que ésta resurja, a veces en formas inesperadas y en lugares insólitos. Los tiempos de crisis material hacen más evidente la osamenta espiritual no ya de Occidente sino de todas las comunidades humanas. Es cierto que las grandes ideologías materialistas del siglo XIX, triunfantes en el XX, han luchado contra la existencia misma de la religión. Pero no es menos cierto que han perdido su batalla, tanto el comunismo con su intento de supresión sangrienta y de domesticación impúdica como el liberalismo con su proyecto de reducir el hecho religioso a la esfera de lo privado y de fundamentar la convivencia en la libertad de poseer, deificada y convertida en garantía de una identidad asociada sólo al egoísmo inmanente, tolerante y no sangriento las más de las veces pero no por ello menos insidioso.

Ya en el primer tercio del siglo XX los historiadores de las religiones, como el por tantas razones benemérito padre Tacchi Venturi, habían notado la común estructura del hecho religioso, la importancia universal y universalmente presente de lo sagrado y las similitudes inverosímiles entre confesiones. No era por otra parte más que una nueva lectura de algo que ya explicó santo Tomás –dicho sea en estos tiempos en los que "escolástico" parece ser insulto descalificante-: el hombre está constitutivamente religado, la religión es un hecho natural previo a la revelación. Pero la historia de la religiones, incluso cuando fue hecha con curiosidad intelectual y pleno respeto, partía de una voluntad apologética y concluía necesariamente en Cristo como necesario punto de llegada, sin distinguir siempre naturaleza, razón y fe.

Un hombre singular cambió en esto el rumbo intelectual del mundo. Mircea Eliade fue uno de esos rumanos universales que, en un siglo que su patria ha vivido como singularmente doloroso, han aportado luz distintas partes de las artes, de las ciencias y del mundo. Nuestro Occidente ha tenido el privilegio de poder leer y disfrutar a Vintila Horia y a Uscatuscu; Eliade, sencillamente, creó una nueva disciplina científica en torno al hecho religioso.

Eliade dedicó su vida a investigar de manera comparativa las religiones del mundo. No se trata de un ensayista afortunado, sino de un universitario de primerísimo fila, que a lo largo de su vida se benefició de la colaboración de personajes tan diversos como Alois Dempf, Ernst Kantorowicz, Percy Schramm, Carl Schmitt o Carl Jung, entre muchos otros. Lo sagrado está presente en todas las culturas y en toda la historia, y contra todas las vulgatas materialistas resulta ser mucho más que una superestructura. Eliade no es, ciertamente, un escritor de ficción sino un investigador que supo convertir sus intuiciones juveniles en los cimientos de un conocimiento sólido hoy en día indiscutido e indiscutible: la historia de las religiones, de todas ellas entendidas además como un único fenómeno, no se entiende sin él.

Cristiandad tiene el acierto de lanzar en 2009 una cuarta edición de esta Historia de las religiones nacida como manual de iniciación a la materia pero rebosante en sí misma de sugerencias apasionantes. Eliade no sólo fue un humanista de saberes universales, y por cierto conocedor y amante de España como tantos de los suyos, sino también un hombre valiente capaz de respaldar con datos sus afirmaciones. Cristiano de formación, de nacimiento y cultura en un país radical y peculiarmente cristiano, Eliade supo elevar su saber hasta convertirlo en inexcusable en la formación de cualquier hombre culto en el siglo XXI.

Se podrá compartir o no su análisis del porvenir, pero su distinción entre sagrado y profano –dos dimensiones de la realidad humana siempre presentes en ella-, su comprensión de la omnipresencia del misterio de la existencia y de la vida, su gallarda afirmación de que para todas las comunidades humanas de todos los milenios lo real no es lo tangible ni lo visible y su valoración del rito como algo central y no accesorio en toda religión hacen de él una figura clave de nuestro tiempo. Entiéndase: de nuestro tiempo, y no sólo del suyo, y especialmente de este tiempo de crisis que nos es dado vivir.

Jean Meyer, al hablar de Rusia y sus imperios, sitúa esta cuestión donde le corresponde: en la actualidad más radical de 2009. Es cierto, como Alexander Solzhenitsyn había advertido, que a la derrota de un materialismo sucede necesariamente "el triunfo de las abuelas frente a los comisarios". La religión, prohibida o ridiculizada, negada o humillada, vuelva a la luz cuando entran en crisis sus supuestas alternativas. Cómo reorganizar Rusia pareció una locura en 1991-1992 todos los progresistas y bienpensantes, y sin embargo hoy el cristianismo y todas las religiones avanzan allí donde antes imperó Marx. Leer a Eliade es una necesidad para comprender mucho de lo que vamos a vivir en las próximas décadas también en Occidente: conocer las religiones en su intimidad es imprescindible para el historiador que quiera entender el pasado, pero lo es también para el ciudadano culto que quiera entender qué está pasando en nuestras naciones.

Hacerlo a través de Eliade, sea uno creyente o no, es una garantía no sólo de información y de compresión, sino además de un intenso placer intelectual que ya han gozado los lectores de las tres ediciones anteriores y que, sin duda, muchos podrán hacer también ahora. Ciertamente es un libro para todas las estaciones, pero para ninguna como para ésta que busca aún sus propios valores.

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viernes, 20 de febrero de 2009

¿DÓNDE ESTÁ DIOS?


No pretendo otra cosa que describir lo que siento sobre la presencia de Dios, Alá, Buda... en nuestra vida. No es una declaración de principios, sino una reflexión en voz alta de mis creencias en cuanto a la espiritualidad del ser humano y cómo lo vivo, espero no herir susceptibilidades. Quizás te recordará en algo a lo vivido por ti o por personas cercanas... o al mismo espíritu explicado en la Biblia. Seguramente tampoco es una casualidad...


El Nacimiento


Cursé mis estudios de secundaria en un colegio religioso, La Salle. A pesar de su tenaz y prolongado intento, lograron inculcarme intelectualmente sus valores, pero no supieron convencerme internamente de éstos, ni mucho menos, conmoverme. Así, con el vaivén de la vida, esos valores se fueron diluyendo a través del tiempo. Seguramente todo empezó cuando, para culpar a alguien concreto de mi dificultosa y ajetreada vida personal, conseguí convertir a Dios en casi mi gran enemigo. No me asistía, ni, al parecer, le preocupábamos yo, ni mi vida. Claro que, tal y como está el mundo, bastante trabajo debía tener intentando enmendar lo que el ser humano se obstinaba en destruir, es decir, la paz, la armonía y el entorno natural. Debía ser su prioridad! Aún así, me sentía desprotegido y, a la vez, perseguido por su exigente, permanente y divina mirada con el fin de castigarme si faltaba a sus divinos preceptos. Así, la iglesia, imperfecta y política como cualquier organización humana, se convirtió en mi Tribunal de Cuentas, o sea, donde yo debía pagar y purgar por mis penas y mis faltas, bajo la crítica mirada de un intermediario. Claro que fue relativamente fácil menospreciar a la iglesia institución, culpabilizándole de sus evidentes e irreparables errores históricos y de su crónica falta de valentía frente a las flagrantes injusticias en nuestro mundo -que huelga mencionar aqui- lo suficiente como para desacreditarla como referente en mi vida. Dios y su iglesia desaparecieron de mi vida! En aquella época juvenil, alentada por el idealismo, la excesiva rigidez y la autoexigencia personal, era fácil buscar y encontrar "enemigos" para culpar por mis propios errores e incertidumbres personales y, lo que es peor, diluir mi propia responsabilidad ante lo que acaecía en mi vida. Supongo que es un mal y demasiado común hábito humano!

La vida

Pero el tiempo pasó. Y con él fue llegando la claridad a mi vida. Supongo que la meditación, el sentido común y aprender de los errores trajo consigo una cierta sabiduría. Fueron muchos paseos por la naturaleza, muchas horas navegando por la inmensidad del Mediterráneo, muchos cafés humeantes compartidos con personas de todo tipo y condición y mi característica innata curiosidad y pasión vital, lo que me permitió cambiar completamente mi percepción de la vida. En un principio, esa introspección fue algo solo mental, algo premeditado y clandestino. Es decir, vivía la vida de siempre, pero empezaba a sentirme en otra vida diferente. Ni que decir tiene que el miedo al cambio se apoderó de mí, pues a nivel personal había logrado conciliar ese mundo loco que me disgustaba, con una vida ajena, pero -en terminos generales- conveniente, plácida y satisfactoria, al menos aparentemente. Pero bastaba una simple y leve oscilación, un ligero quiebro en mi día a día, para sentirme de nuevo desasistido, frágil e inseguro ante las circunstancias adversas o, simplemente, imprevistas. Estaba claro que ese no era un sólido asidero para mi vida. Ni que decir tiene que lo que yo había previsto para mi vida ya organizada, no llegó a cumplirse nunca... aunque deberé admitir que, visto con perspectiva histórica, la realidad de mi vida siempre superó con creces mis limitados pronósticos, fueran buenos o malos, humanamente hablando.

La Muerte

No es fácil resumir una vida de cuarenta y muchos años en unas lineas, como para tí no sería soportable aguantarlo. Hoy solo puedo afirmar con una cierta contundencia que ese miedo ante la evidencia de la vida fue diluyéndose con el tiempo y con la edad. Y no hay mérito en ello, sino llegar a evidenciar que la vida es como es, queramos o no admitirla! Y que conste que no hay resignación en ello! Así, aprendí poco a poco a confiar en la vida y en mi libertad para, equivocándome o no, aprender a vivirla intensamente, tal como fluía. Esa toma de conciencia no fue fácil, aunque sí liberadora! Por un lado, asumí algo importante en la vida de cualquier persona, como es el ineludible papel de protagonista que cada uno tenemos en nuestra vida y en todo lo que sucede en ella. Así, resultaba inútil -y contraproducente- seguir buscando culpables a lo que vivía. No hay cosa que resulte más tranquilizador que asumir que lo que pasa con nosotros y con nuestra vida depende de uno, de nadie más! Esto trajo consigo el privilegio de sentirme satisfecho y, por otro lado, me instigó a intentar mejorar las cosas. Tuve que perdonarme a mí mismo por los errores cometidos, entenderlos como el necesario aprendizaje para llegar al hoy y, sobre todo, exculparme y exculpar a la larga lista de personas que durante años había permitido interferir en lo que a mí me sucedía. Es fácil de decir, pero cuando una persona es exigente y estricta consigomisma, es una tarea árdua. Eso me trajo la paz interior y la paz exterior, con el entorno. No más culpables, no más víctimas! Con más tiempo, logré que, donde hubo antes miedo, fluyera el amor que todos y cada uno tenemos dentro. Eso me brindó una nueva visión de la vida y del mundo que me rodeaba, aunque es un proceso y, como tal, durará toda la vida. Hoy solo puedo hablar de porcentajes, pero puedo afirmar que, en una gran parte de mi tiempo, siento asi, de una nueva forma, mi vida!

La Resurrección!

Y volviendo al principio del texto, repesco la presencia o no de Dios en mi nueva vida. Durante este largo y penoso redescubrimiento de mí mismo, siempre tuve la sensación de que -el antaño justiciero- Dios estuvo guiñándome irónicamente el ojo! Así, redescubrí un Dios distinto, afable, cómplice mío y de mi vida... y, lo que es mejor, que me dió en su día la capacidad de descubrirle, descubriéndome a mí mismo. Supongo que hoy para mí es un Dios ya amoroso, cordial e interno, que comparte mi alma y con ella, todo lo que en mi vida sucede. Ya no es el lejano, ajeno y justiciero de las carencias humanas, sino Alguien que desde dentro nuestro, observa nuestros pasos, aunque nos da la libertad para andar nuestro propio camino. Muy diferente a ese dios que la iglesia preconiza, pero más de acuerdo con el Dios que todos desconocemos pero sentimos interiormente, si sabemos y queremos escucharle. Así, el metafórico Cielo o el Infierno se convierten en estados del alma, que cambian de uno al otro, cuando nos acercamos o nos alejamos de nosotros mismos y de nuestra cualidad de Dios hecho hombre. Ese es mi Dios hoy y ahora! Alguien que está en mi vida, que me deja equivocar para aprender siendo humano y, a la vez, me exije amar para cambiar el mundo, como ser divino.

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