Occidente, hace ya muchas generaciones, optó por despreciar lo interno, lo propio, en favor de lo externo y ajeno, del Sistema por encima de la persona; en Oriente, en cambio, hace igualmente muchas generaciones optó por lo interno, lo propio y desoyó lo común, lo colectivo, lo externo y lo ajeno. Hoy, tal vez miles de años después, podemos afirmar con rotudidad que ni una visión excesivamente alienante y externa, ni una visión exclusivamente interna y personal, configuran un mundo y una vida completa. A Occidente esa visión superficial le supuso la pérdida de unos ideales personales y propició el buen funcionamiento del Sistema, generando riqueza, progreso y bienestar social; a Oriente, en cambio, esta visión profunda favoreció el enriquecimiento humano y personal, pero trajo consigo pobreza, subdesarrollo y precariedad económica. Por decirlo de alguna manera, a cada uno le faltaba lo que poseía al otro. En fin, esto provocó un desequilibrio en y entre ambos.
La persona y sus contrastes
A nuestra vida personal le ocurre algo parecido. El ser humano, por lo visto, es un ser de contrastes, no necesariamente beneficiosos para él mismo. Como muestra un botón. O se es de derechas o de izquierdas, políticamente hablando; o se es hombre o mujer; o se es conservador o progresista; o se es intelectual o deportista; o consumidor o consumido! Y es que tendemos -desafortunadamente- a ser duales por educación, pues nuestra mente lo es: blanco / negro, norte / sur, vivo / muerto, rico / pobre, simpático / antipático, justo / injusto, racional / sentimental. Eso es precisamente lo que nos hace sentir, según el día, contentos o tristes, enamorados o enrabiados, optimistas o pesimistas! Pero más allá de nuestra limitada y dual mente racional, el ser humano, el mundo o la propia vida es algo más amplio, más integrado, más pleno que esa sesgada visión monolítica y monocolor. Y llegar a descubrir los matices, la ausencia de dualidades enfrentadas, la variabilidad de lo que pensamos, sentimos y hacemos en nuestra vida, es necesario y aporta crecimiento personal, pues nos enseña a entender que lo bueno y lo malo, lo razonable y lo irrazonable, el éxito y el fracaso, lo placentero y lo sufrido... todo ello forma parte de nuestro personal Universo interno y externo... y esa es, precisamente nuestra grandeza, nuestra singularidad y nuestra riqueza!
¿Opuestos... o son, simplemente, complementarios?
Hay que hacer un esfuerzo por aceptar e integrar nuestros contrastes intrínsecos y humanos, como el amor y el odio, lo beneficioso y lo perjudicial, lo humano y lo divino de nuestro ser, para luego, a partir de nuestra libertad personal e intransferible, optar por lo que somos y nos ayuda a ser más "yo", sin colorantes ni conservantes! Basta ya de buscar culpables a lo que nos pasa en nuestra vida, ya sea Dios o Satanás, nuestra ideología o nuestra religión, el ser hombre o ser mujer, ya sea el mundo exterior o el interior, ya sea el pasado o el futuro. "Yo, aquí y ahora", esa es la regla inequívoca y verdadera de nuestra vida, no hay otra! Pues en el "yo" está nuestra parte humana y la espiritual, en el "aquí" está nuestro necesario contexto, con sus oportunidades e inconvenientes y en el "ahora" porque es cuando debemos ser nosotros como somos y crecer... aunque para llegar a serlo hayamos tenido que vivir un pasado y soñar en un futuro que cada hoy empezamos de nuevo! Nada es bueno o malo, caliente o frío, humano o divino, triste o alegre... simplemente "es" y soy yo quien debo sonsacar la lección que todo en mi vida trae consigo y así aprender a vivir!
Recuerda "yo, aquí y ahora!, no hay más!
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