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miércoles, 8 de julio de 2009

SENTIRSE VERDADERO: VOLUNTAD, SABER ESCUCHARSE Y DARSE



Es curioso como descubrimos la verdad cuando estamos en el límite de nuestra vida. Hasta entonces retozamos y surfeamos con nuestras ideas, circunstancias vitales, proyectos personales y expectativas terrenas como si la vida fuera a durar siempre. Pero la verdad se impone, más tarde o más temprano, en nuestra vida. Lamentablemente, muchas veces justo en el borde del precipicio, antes de la muerte. Ante ella se nos abren súbitamente los ojos y vemos y entendemos de qué va la vida, nuestra vida... aunque sea demasiado tarde!

Pero dejando de lado cuándo descubrimos la verdad, preferiría tratar la verdad en sí. La verdad está permanentemente ante nosotros, en nuestra vida diaria. Se muestra tangiblemente y nos envía continuamente señales para que la reconozcamos, la veamos y actuemos en consecuencia. Aún así, en demasiadas ocasiones no deseamos ver su firme e inflexible evidencia... y lo logramos engañándonos a nosotros mismos, mediante ingenuas tretas de aprendiz de ser humano o bien, al contrario, mediante sofisticados razonamientos intelectuales que desvirtúan la verdad hasta diluirla en nuestra existencia artificial y carente de sentido. Porque la verdad es el poderoso reconstituyente del sentido de todo, es lo que nos da luz en nuestra vida... aunque no siempre queramos o sepamos verla y dejarnos iluminar por ella. Y eso nos trae una vida insulsa, vacía y que, incluso, tenemos el valor de juzgarla como injusta con nosotros -o con nuestro entorno inmediato- cuando nos decepciona... precisamente porque hemos faltado a nuestra verdad! Razones para pensar de esta manera sesgada hay muchas: nuestro mundo insano está repleto de agravios, injusticias y ejemplos evidentes de tal evidente injusticia y, por tanto, de la crueldad de nuestra vida con nosotros, sus presuntos protagonistas. Hay quienes incluso reprochan a un dios sobre esta desaguisada vida! En cualquier caso, como no podía ser de otra manera -visto lo visto- hemos aprendido a desestimar nuestro indudable protagonismo y, como consecuencia, tememos la verdad y, como consecuencia, tememos a nuestra vida!

Pero volvamos a la verdad y a donde se halla. Está escondida tras ese día a día que nos distrae y nos ayuda a escaparnos de ella cuando no es como queremos, como habíamos pensado o como nos habían contado. Repito, la verdad está permanentemente aquí, con nosotros y cada día, queramos o no verla tal como es. Jose Manuel Serrat afirma en una espléndida canción que "nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio", aunque lo admitamos con una cierta resignación y sobre todo cuando se nos manifiesta en contra nuestra. Pero no es así, la verdad es siempre... favorable o desfavorable, pero es lo que es y tiene su sentido. Y aunque nunca es conveniente juzgar los acontecimientos de la vida como positivos o negativos (el tiempo, los hechos y sus consecuencias suelen cuestionar tal primera apreciación), también deberíamos pensar si es -precisamente- nuestra innata obstinación en ver y vivir la vida de una determinada manera falsa lo que nos aleja de nuestra verdad y, por ende, del sentido de nuestra vida y de nuestra siempre perseguida felicidad. ¿No seríamos más felices si confiáramos en la verdad de la vida -esa que habla desde dentro-, en vez de intentar trastocarla para que se asemeje a lo que nosotros -errónea e ingénuamente- habíamos planeado en ella?

Insisto, la verdad -como el amor, la libertad y la felicidad, compañeros inseparables de ella- está siempre junto a nosotros, en nuestro interior, más exactamente! Claro que es el último sitio donde la buscamos, lamentablemente. Y se manifiesta cuando estamos solos y en silencio con nosotros mismos, cuando cerramos los ojos antes de dormir o cuando observamos la naturaleza y queremos ver en ella un modelo de nuestra vida, ya sea ante una flor, un paisaje o la bóveda celeste estrellada. O, simplemente, en la mirada sincera de un niño o de alguien que quiere o está aprendiendo a revivir la verdad como éste, aunque sea a las puertas de la muerte. Pero, además, la verdad lanza señales evidentes hacia afuera, creando las mal llamadas casualidades, que no son más que sincronismos que nos muestran si estamos o no persiguiendo nuestra verdad interior. Claro que incluso éstos podemos dejar de verlos o de presentirlos, normalmente por miedo a reencontranos y chocar con la imagen de nosotros mismos que siempre tuvimos. Mientras, hay personas -como yo mismo intento- que degustan las señales, las siguen e incluso podría afirmar que las generan para ir, día a día, reconociendo el camino y comprobando la correcta dirección. Seguramente estas personas un tanto raras o especiales (según quien nos mire y juzque) cometemos los mismos errores que todos, pero los consideramos señales para aprender , aunque nos devíen temporalmente de nuestro destino. Somos humanos y la dificultad radica en saber ver y entender las señales en el momento preciso en que se dan, pero creo que con el tiempo uno aprende a verlas, luego a buscarlas y más tarde confiar en ellas -y en sus vecinos inseparables el amor, la libertad y la felicidad- para dejarse guiar hasta la verdad, que por cierto se hospeda en el Alma y la apacigua cuando la encontramos!

La ventaja de intentar estar siempre cerca y aceptar la verdad es que uno no tiene la necesidad de perdonarse cuando se aleja temporal y accidentalmente de ella. Hay momentos en que uno tiene la irresistible necesidad de transgredir su verdad para probarse a sí mismo o ante los demás. Somos humanos y estas cosas pasan, debemos aceptarlas y perdonárnoslas porque son una parte importante de nuestro aprendizaje: "solo encuentra su camino quien se ha perdido antes diez mil veces", dice un proverbio chino. Porque la verdad no hay que buscarla ni aceptarla, sino sentirla como propia! Otra ventaja de no estar demasiado lejos de la verdad es que nunca nos sorprenderá, pues estaremos habituados a convivir con ella y no admitir la mentira; además, intentar vivir la verdad nos permite el privilegio de poner el adjetivo "verdadero" a muchas de nuestras vivencias -hasta entonces solo naturales y humanas, por tanto efímeras-, como el amor, la libertad o la felicidad, entre muchas otras. Así, día a día, nace una nueva y verdadera vida, sustentada en el amor verdadero, la libertad verdadera y la felicidad verdadera... lo que no es poco en este loco mundo nuestro.

Quizás ahí el quid de la cuestión sobre la verdad! ¿No será nuestra misión en la vida llegar a poner el adjetivo "verdadero" a todo lo que sentimos, vivimos y compartimos en nuestra vida? Así, estaríamos siempre más atentos de vivir la verdad, de manera intensa y sin miedo; confiaríamos más los unos en los otros, pues todos nos basaríamos en la verdad; y, sin duda, también reconoceríamos que un error no es más que un fallo temporal de apreciación de la verdad, un cierto alejamiento... y que siempre sirve para permitirnos luego recobrar el camino perdido hacia ella. Vivir la verdad cuesta, lo sé y lo vivo cada día: Hay que trabajarla cada día, luchando permanentemente contra nuestra mente y nuestro corazón polarizados y excluyentes, buscando la equidistancia del alma! Pero precisamente porque la verdad está en el alma, convivir con ella nos dota de una firmeza y paz interior, necesarias para disfrutar sin miedo de nuestra maravillosa y verdadera vida!

Hoy te traigo una interesante entrevista de La Contra de la Vanguardia. Destacaría, entre otras, una frase que dice "El milagro es la serenidad que te llega, un equilibrio fortísimo conmigo mismo. Cada uno debe ser el artífice del propio milagro". Y he aquí lo que yo le llamo nuestro milagro: descubrir y vivir la verdad de nuestra vida, pues con ella llega el verdadero amor, la verdadera libertad y también la verdadera felicidad!

Disfruta de la entrevista. Extrae tus propias conclusiones...


Mario Melazzini, oncólogo, 50 años, sufre la enfermedad de ELA (esclerosis lateral amiotrófica)"Ser verdadero simplifica enormemente la vida". La Contra de La Vanguardia. - 06/07/2009

Con qué palabra definiría lo que le ha sucedido?

Como una gran oportunidad, como hombre y como médico. Esta enfermedad devastadora me ha permitido hacer un nuevo recorrido.

¿Qué tipo de persona era antes?

En algunos aspectos he madurado, me he vuelto mucho más sincero, espontáneo, verdadero. He tenido la suerte de hacer una brillante carrera, y cuando me diagnosticaron la enfermedad, a los 45 años, estaba en la cima de mi especialidad.

¿Era feliz?

Tenía problemas en casa porque me dedicaba plenamente al trabajo. Era feliz pero me faltaba algo, y eso, paradójicamente, lo he descubierto con la enfermedad, aunque los primeros dos años fueron dramáticos.

Cuénteme.

Pese a que siempre me había considerado un médico atento a las necesidades de los enfermos, a estimularlos, con mi propia enfermedad me di cuenta de hasta qué punto somos frágiles mentalmente. Y topé con la impotencia de la medicina. "No hay nada que hacer - me dijeron- Vivirá dos, tres meses; máximo, seis años".

Vas quedándote paralizado hasta acabar totalmente inmóvil; para alimentarte necesitas nutrirte artificialmente y una máquina tiene que hacerte respirar. Durante dos años viví concentrado en lo que no podía hacer y olvidé lo que podía hacer.

¿Optó por la muerte?

Sí. En nuestra cultura, vivir con determinadas discapacidades es incompatible con una vida digna. Así que ya ve, yo, católico, me dirigí a una asociación en Suiza, donde el suicidio asistido no esta penalizado. Finalmente - no sé si fue miedo o una incipiente conciencia de que pese a la enfermedad podría llegar a disfrutar-,decidí seguir adelante.

Eso es valentía.

Pasé ocho meses solo en la montaña con una asistente. La caída física fue impresionante: perdí la movilidad, la capacidad de comer, de beber, de respirar solo. Pero cuando tenemos el coraje de permanecer solos, de enfrentarnos con nosotros mismos, la recompensa es ser nosotros mismos, ser sinceros, y esto me ha ayudado muchísimo, porque ahora me siento verdadero.

¿Verdadero?

No tengo dificultad en dialogar a fondo con usted, que no la conozco. Ser verdadero simplifica inmensamente la vida, la hace fácil.

Pero usted antes ya era sincero, ¿o no?

Lo que pasa es que nos contamos historias a nosotros mismos, nos escondemos detrás de ideas y conceptos, y eso falsea la relación con la gente que amamos. Estoy aprendiendo a escuchar, a ser una persona humilde, que no es fácil pero es fundamental, y sobre todo a no dar nada por descontado.

¿Y no abandonó sabiendo que la vida le abandonaba cruelmente?

Comprendí que como médico todavía podía dar muchas cosas a mis pacientes y como hombre, a mí mismo y a mis hijos.

¿Pero qué le hizo cambiar?

Entendemos el milagro como un cambio rotundo, no se trata de que uno se levante de la silla de ruedas y comience a caminar. El milagro es la serenidad que te llega, un equilibrio fortísimo conmigo mismo. Cada uno debe ser el artífice del propio milagro y en ello la mente tiene un papel fundamental.

¿Voluntad, saber escucharse y darse?

Sí. Este nuevo papel de enfermo experto me ha permitido crear un centro para el cuidado y la investigación de enfermos de ELA y distrofia muscular.

(...)

¿Cómo lo vive su familia?

Mi mujer vivía mal que yo hiciera de la enfermedad el instrumento para poder reprogramar mi vida; con dificultad, pero conseguimos hablar y separarnos. Con mis hijos vi el cambio cuando yo conseguí cambiar. La relación que tengo ahora con ellos es bellísima, mi enfermedad les ha ayudado a madurar, a entender que la vida puede dar un vuelco en cualquier momento.

¿Han hablado de la muerte?

Sobre todo conmigo mismo, no la temo, forma parte de nuestro recorrido. Yo creo que todo el que pide ayuda para morir, en realidad, está pidiendo ayuda para vivir, porque vivir con una discapacidad grave cuesta y si no eres ayudado es casi natural decirse: ¡pero qué clase de vida es esta!

¿Cómo cambiar sin tener que llegar al extremo de sentir tu vida amenazada?

Basta con que en nuestra cultura aceptemos que la enfermedad, la discapacidad, la fragilidad forman parte de nuestro ADN y por tanto no son hechos que se deban gestionar paralelamente a la vida, son parte de la vida. Ese es el gran esfuerzo que permite valorar todo lo que yo le estoy diciendo sin necesidad de vivirlo.

¿Cómo decirle a un paciente que su enfermedad es terminal?

Primero escuchar, y debe existir el compromiso de que yo como médico estaré siempre a su lado a medida que la enfermedad avance. "Yo estoy" en lugar de "usted tiene".


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miércoles, 6 de mayo de 2009

¿POR QUÉ MENTIMOS?



Aquí traigo un texto, publicado hace ya tiempo, pero reencontrado entre mis archivos. Habla de la mentira, de falsear la verdad en la sociedad. No desdeño la mentira pues, como afirma el autor del escrito, muchas veces es necesario mentir o, como denomina, decir una mentira blanca, lo que en España se le llama mentira piadosa.

En mis casi 25 años como consultor de empresa especializado en Comunicación, suelo decir a mis clientes que "siempre hay que decir la verdad, aunque no toda la verdad". Uno siempre tiene el derecho de callar! Creo que, en algunas ocasiones, se debe dejar de decir toda la verdad. Muchas veces la verdad duele y entonces es mejor escoger bien el momento de emplear la sinceridad; algunas personas, como consecuencia de ello, tienen el mal hábito de disparar a bocajarro sinceridad, sin pensar en las consecuencias que puede tener para el que la recibe; en todo caso, la sinceridad tiene -como todo en la vida- su momento y hay que saber escogerlo, pues no todo el mundo está siempre preparado para ella. Pero eso no significa, necesariamente, decir mentiras, sino simplemente dejar de decir toda la verdad, en un momento dado.

Otro aspecto curioso de la mentira es creérsela uno mismo. Creo sinceramente que la afición preferida y más tóxica para cualquier ser humano es auto-engañarse. O, lo que es lo mismo, creerse sus propias mentiras. Esto, desde mi punto de vista, es lo peor que puede uno hacerse a sí mismo. Más que nada porque incurre en un riesgo, pues autoengañarse ante un hecho -y el sentimiento que éste genera- es una manera de no afrontar la situación, por buena o mala que sea; vivir es afrontar lo que la vida nos aporta, sea aparentemente bueno o malo para nosotros; huir de ello es falsear la realidad, intentando esquivar la situación y, lo que es peor, perder la oportunidad de aprender la lección que todo y siempre trae consigo; para muchas personas parece que "el problema que no se contempla o no se habla, deja de ser un problema"; y, eso, evidentemente, es erróneo, pues precisamente el problema no resuelto llega a enquistarse, si no se resuelve a tiempo! Pero, además, el problema no resuelto reaparece y/o lo hacemos extensible a terceros! Dilatando el encuentro con la realidad (por dura que ésta sea en un momento dado), evitamos el crecimiento personal y, la mayoría de las veces, la vida -con el tiempo- suele volvernos a probar con una situación similar... hasta que, al final, aprendamos la lección que trae consigo. Así, por ejemplo, si uno ha pasado un mal trago en una determinado tipo de relación personal... o aprende de ella o repetirá hasta la saciedad este tipo de relaciones y, por tanto, sus nefastas consecuencias! De esta manera la vida garantiza nuestro aprendizaje y, a la vez, evita que vayamos esquivando lo que no aceptamos (normalmente por orgullo o por miedo) para que lleguemos a aprender lo que ella cree que estamos capacitados -y, en cierta manera, obligados- a aprender en nuestra larga o corta existencia! Alguien dijo que es normal tropezar con una piedra la primera vez, pero una segunda ya sería culpa nuestra, por no haber aprendido.

Disfruta del texto.


Piergiorgio M. Sandri. 21/06/2008

Desde pequeños, hemos sido educados para decir siempre la verdad. Pero en el día a día esta tarea se convierte casi en una misión imposible. A veces, mentimos incluso sin darnos cuenta. Porque, queramos o no, la mentira es una herramienta insustituible para vivir en sociedad

Es temprano. Dos personas se encuentran. Se saludan. "Buenos días. ¿Qué tal?", le pregunta uno. "Bien. ¿Y tú?", le contesta el otro. Aquí tenemos las primeras mentiras del día. Sí, porque es muy posible que estas dos personas se lleven mal. Que a una no le importe en absoluto saber cómo le va la vida a su interlocutor y menos aún desearle un día estupendo. La buena educación, el saber estar, nos aconsejan que en ciertas circunstancias es mejor no decir la verdad.
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Para ser precisos, estas no son mentiras en sentido estricto. No hay fraude, no hay engaño. En este diálogo, los protagonistas saben que son frases que se dicen por decir, aceptadas por la mayoría como herramienta de convivencia. Lo dijo Oscar Wilde: "Quien dijo la primera mentira fundó la sociedad civil". Como alternativa, podrían comportarse como el Misántropo de Molière: ser importunos, ofensivos o crueles con frases del tipo "Qué gordo estás". Hay cosas que en sociedad no está bien decir. Mejor fingir. Es lo que el poeta barroco napolitano Torquato Accetto llamaba "disimulación honesta".

Son muchas las situaciones en las que ocultamos la verdad. Más a menudo de lo que imaginamos. Ignacio Mendiola, sociólogo profesor de la Universidad del País Vasco y autor del libro Elogio de la mentira (Lengua de Trapo ed.) recuerda: "Se trata de una practica cotidiana. Lo queramos o no. Pese a la condena moral, es un hecho incuestionable. Lo necesitamos para vivir. Es imprescindible. Siempre hay un elemento de fi cción cuando contamos la realidad a alguien. La mentira, de alguna manera, es un refugio y un lubricante de las relaciones humanas".

Según una encuesta llevada a cabo por el rotativo británico Daily Mail,con un promedio de cuatro por día, serían unas 100.000 las mentiras que pronunciaremos a lo largo de nuestra vida.

¿Por qué no decimos la verdad? Se miente para eludir responsabilidades, para obtener cierto placer, ya que el mentiroso se siente más listo que los demás; por inseguridad y desconfianza en nuestra capacidad de ser aceptados como somos; para evitar un castigo; para acercarnos a nuestro interlocutor; para sentir que controlamos la situación. Desde un punto de vista fisiológico, correr cierto riesgo de ser descubierto favorece la aparición de adrenalina (y un subidón por no tener que afrontar la situación que se ha evitado con la mentira). Asimismo, se produce un cambio del tono de voz, dilatación de las pupilas, se tiende a evitar la mirada de la persona que tenemos en frente, el cuerpo se vuelve algo más rígido.

El psicólogo de la Universidad de Massachusetts Robert Feldman cree que la mentira está relacionada con la falta de autoconfianza. "En cuanto la gente ve su autoestima amenazada, empieza a ocultar la verdad". Su estudio comprobó que el 60% de los encuestados mintió por lo menos una vez en una conversación de diez minutos. "El problema es que queremos mantener una imagen de nosotros mismos que encaje con la que los otros quisieran que tuviéramos. Queremos gustar", apunta. "Una de las claves es la tendencia a centrarse en el corto plazo. El mentiroso salva su propia imagen en ese momento, pese a que el engaño pueda ser destapado el futuro", alerta Jennifer Argo, de la Unversidad de Albert. Por supuesto, hay los que se jactan de no mentir nunca. Por ética, pero también por miedo, por pereza (hay que saber gestionar una mentira en el tiempo), por orgullo (los que presumen de ser honestos). Pero decir una mentira no es necesariamente una prueba de debilidad, sino todo lo contrario. Sin la posibilidad de mentir la humanidad no hubiera nunca conocido la cultura, que es, en cierto modo, una forma de no resignación a la realidad. Andrea Tagliacarne, profesor de Filosofía de la Universidad San Raffaele de Milán y autor del libro Filosofi a della bugia (Mondadori ed.) [ Filosofía de la mentira]: recuerda que "para mentir se precisa inteligencia. De entrada, supone el conocimiento de la verdad. Luego, la mentira tiene una estructura más compleja, de tipo teatral. Supone entender la expectativa de quien la escucha, entrar en la mente del interlocutor". En este sentido, el mentiroso no sólo es un expositor de hechos, sino un creador. Mentira viene del latín mens, mente.

Son numerosos los intelectuales que han defendido la mentira. Para Platón, "mentir de forma consciente y voluntariamente tiene más valor que decir la verdad de forma involuntaria". Los griegos elogiaban los mentirosos: Ulises fue incluso alabado por los dioses por ello. Maquiavelo sostenía que la mentira era legítima para fi nes políticos. Leo Strauss hizo hincapié en la necesidad de mentir para defender una posición estratégica o ayudar a la diplomacia. Y Nietzsche sostenía que el intelecto, como medio de conservación del individuo, despliega sus fuerzas en la fi cción. La literatura, de alguna manera, también es una mentira. El escritor Javier Marías en una ocasión subrayó la "imposibilidad de contar nada acaecido, real de manera absolutamente segura, veraz, objetiva, completa y definitiva".

De hecho, las investigaciones científicas confirman que mentir supone un esfuerzo creativo. Un estudio de la Facultad de Medicina de la Universidad de Pensilvania, dirigido por el profesor Daniel Langleben gracias a la resonancia magnética funcional (fRMI), ha demostrado que el cerebro siempre está listo para decir la verdad y que para mentir precisa organizarse. Nuestra materia gris tiene que hacer un trabajo extra cuando va a engañar: se activan zonas del córtex frontal (que desempeñan un papel en la atención y concentración), además de otra área del cerebro responsable de vigilar posibles errores.

Hay circunstancias en las que mentir es tolerado por la comunidad. Como si la sociedad apreciara este esfuerzo. Pongamos el caso del vendedor de coches: para promocionar su vehículo, exagerará algunas virtudes del producto. Pero no hay obligación legal de decir exactamente la verdad (lo mismo ocurre con la publicidad), salvo los casos manifiestos de fraude. Hasta se podría decir que quien sabe mentir mejor es el que tendrá más éxito, porque conseguirá que se lleve a cabo la venta.

Hay veces en que no decir la verdad no sólo no está mal visto, sino que es aconsejable. Algunas mentiras preservan nuestra intimidad, del dolor, e incluso de la muerte. Son las mentiras blancas. En ciertas circunstancias, fuera del ámbito ético, la mentira tiene que valorarse en lo que es útil y ventajoso para la vida. Por ejemplo, cuando un individuo esconde en casa a un fugitivo objeto de persecuciones raciales. O cuando se oculta a una persona a punto de morir una trágica noticia sobre un pariente. Es emblemático Roberto Benigni en la película La vida es bella: miente a su hijo pequeño sobre la realidad del campo de concentración al contarle que se trata de un juego. "En estos casos la persona no está en condiciones de decir la verdad, que resultaría insoportable de escuchar para el otro", dice Maria Bettetini, autora del libro Breve historia de la mentira(Cátedra Ed.). Este dilema moral ha dado lugar a un amplio debate. Algunos pensadores de la edad media sostenían que incluso en estos ejemplos extremos habría que callarse, hacer como si no entendiéramos, recurrir a la astucia. Kant decía que hay que decir siempre la verdad, por miedo a romper el consenso social. Pero a partir del siglo XIX empezó a verse la mentira como mal menor. "Cuando se traiciona la realidad, es porque uno se ve capaz de aguantar este peso. Sólo confiesan los que ya no pueden vivir con este secreto" dice Bettetini. Paradójicamente, en estos casos, decir la verdad se convierte en una muestra de debilidad.

Y por supuesto, mentimos por amor. Como canta Joaquin Sabina: "Y así fue como aprendí que en historias de dos conviene a veces mentir, que ciertos engaños son narcóticos contra el mal de amor". Significativo también es lo que ocurre en el cuento de Quim Monzó "Con el corazón en la mano", donde una pareja se jura sinceridad para siempre. Justo después, al entablar la primera conversación, ven que es imposible y acaban dejando la relación al cabo de unos minutos.

Pero es cierto que no decir la verdad conlleva consecuencias. Según el psicólogo clínico del Centro Ramon Llull de Zaragoza José Luis Catalán, "la mentira tiene un efecto colateral, siempre. Las relaciones personales empiezan a envenenarse". En particular, cuando el mentiroso se convierte en compulsivo empiezan los problemas. "Vive un trastorno de ansiedad. Cuantas más mentiras, más ansias. Como el cleptómano que roba sin necesidad, los que padecen esta patología no dicen la verdad por hábito. El enfermo ya no es capaz de distinguir la realidad". Cita casos que ha tratado, como un hombre que se casó decenas de veces por el dinero de sus esposas. "Para mentir tanto y que no se note hay que hacer lo mismo que un actor que representa a un personaje y quiere resultar creíble, hasta el punto de que se confunde y se olvida de quién es realmente", afirma este psicólogo. Cuando la costumbre a mentir acaba en patología, la distinción entre realidad y mentira se diluye. El mentiroso acaba creyéndose sus delirios. Como el Valmont en "Las amistades peligrosas", que de tanto fingir estar enamorado, se enamora de verdad. En el peor de los casos, los recuerdos incluso empiezan a fallar y engañan: es la memoria falsa. Uno empieza a creer que las cosas fueron como las contó y no como ocurrieron. Como explica Tagliapietra, "quien tiene poca memoria se olvida de la verdad, pero nunca de las mentiras". Esta es la pura verdad.

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