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domingo, 12 de diciembre de 2010

UNA GRAN LECCIÓN DE LA VIDA...



Estos días pienso, lejos de sentirme abatido -aunque en ciertos momentos, así me siento- que la vida es drástica en su maestría, haciéndonos aprender lecciones que nunca hubiéramos deseado o imaginado tener que aprender. Y esta vez me está enseñando a soportar el dolor de alguien querido en la distancia, a no poder hacer nada para remediarlo y, sobre todo, a querer a alguien en silencio y respetando su vida, hoy trastocada sin previo aviso... pero que necesita de su propia energía para salir adelante!

Quizás esta tremenda lección -como todas- exije mucho de mí mismo, como que abandone esa vanidad de sentirme útil ante los problemas de los demás, que sepa acallar mi propio sentimiento humano y lo supedite a la realidad -en este caso dramática y lejana- de alguien que necesita de todas sus fuerzas para hoy aceptar su vida! Y, ¿qué es eso, si no verdadero amor por alguien apenas conocido, siendo capaz de soportar la impotencia y, a la vez, amar en silencio y a distancia, confiando en esa persona querida y en su propia capacidad de triunfar sobre la adversidad? Muchas veces confundimos nuestra necesidad de amar, con nuestra capacidad de sentirnos necesarios para alguien! ¿No es esa una debilidad humana y una manera de hacer algo o la necesidad de expresarlo, cuando nos sentimos vulnerables frente el dolor propio o ajeno? "La libertad es ausencia de necesidad" vociferaba mi profesor de Filosofía...

Alguien me enseñó a hacerme una simple pregunta sobre el amor, que yo aplico a menudo en mi vida: "¿la amas porque la necesitas o la necesitas porque la amas?" Porque, evidentemente, no es lo mismo amar que necesitar, aunque a menudo lo confundimos. Pero algo más allá, ¿aceptar el dolor como un tránsito de alguien querido para que aprenda y acepte su vida y, en cambio, no hacer nada por evitarlo, como humanamente sería deseable? Esa es una gran lección que nosotros los padres debemos aprender bien ante el crecimiento de nuestros hijos, porque sin duda -como nosotros hicimos y hacemos cada día- sufrirán y lo sentiremos, lo sufriremos... pero por amor deberemos intentar desesperadamente no tratar de evitarlo ni interferir en ese sufrimiento al que toda persona tiene derecho -y deber- de asumir como propio y como eficaz maestro de la vida!

Otra de la lecciones que aporta este especial momento -como cada uno, sin duda- a mi vida es admitir que, en el amor, se unen la paradógica necesidad de compartir la felicidad y, a la vez, compartir la infelicidad, con alguien realmente querido. Seguramente compartir la felicidad es lo deseado y siempre expresado, pero, lamentablemente -admitámoslo- compartir el sufrimiento sea lo más más difícil y heróico, porque es la otra cara de la misma vida que deseamos compartir! Mira, si no, el amor de unos padres cuidando a un hijo enfermo o con una dolencia del tipo que sea, fortaleciendo el frente común del amor entre ellos y hacia éste! Pero compartir el sufrimento no es siempre fácil, pues es difícil poner el límite, es decir, saber si debemos paliarlo o solo acompañarlo para que la propia persona que lo sufre pueda y sepa encontrarle su propio sentido...

Y porque no todo es blanco o negro en la vida, también es verdad que para demasiadas personas ese "compartir" también el sufrimiento con los demás se convierte en su sino -a veces, obsesivo- en la vida... aunque muchas veces sea como huida hacia adelante para evitar u olvidar su propio sufrimiento! Yo mismo lo hice durante demasiados años de mi juventud! Querer y saber de verdad compartir el sufrimiento con alguien exije, es verdad, libertad y olvidarse de uno mismo, para hacerlo sutil y silenciosamente, sin alimentar el Ego y dejándose guiar por el corazón: ser capaces de no emplear fórmulas personales e intrasferibles de uno mismo como remedio para los males ajenos, porque significa olvidar -o no tener en cuenta- las necesidades concretas y reales de la otra persona o lo que la vida espera de ella... incluso cuando, por amor, creamos conocer lo que esperaría de nosotros! Es humano hacerlo, pero deberemos admitir que, tanto la alegría como el sufrimiento, forman parte de nuestra vida plena e intentar potenciar la una o evitar el otro, es desoir el derecho de todo ser humano a vivir lo que la vida le pone delante para aprender de todo ello... y dejar de compartir la vida plena y la verdad del otro, que deseamos!

Desear lo mejor para la persona querida es lo humanamente deseable, pero ¿quién se atreve a determinar qué es lo mejor para una persona frente a su propia vida? Humano es también amarle lo suficiente como para acompañarle -necesariamente, en silencio o a distancia- en su sufrimiento... o simplemente ayudarle a buscar su sentido! Eso, tal vez, forma parte de ese amor incondicional y verdadero que nos obliga a dejar nuestros intereses y debilidades propios y humanos aparte, para concentrarnos plenamente en la otra persona -con sus derechos y deberes ante la vida- y en nuestro amor verdadero por ella, sin esperar nada a cambio, ni tan siquiera el agradecimiento! Cuesta, no es algo fácil ni humanamente razonable, pero es una aspiración mitad humana y mitad divina que implica creer en el amor y, como consecuencia, querernos a nosotros mismos, a los demás y a la propia vida, lo que no siempre es fácil en momentos difíciles!

Miguel Benavent de B.

jueves, 9 de diciembre de 2010

DEJAR DE MIRAR... ES EMPEZAR A VER...



Hay momentos en los que lo mejor es guardar silencio. A todos nos pasa que, ante el sufrimiento propio o ajeno, no sabemos qué hacer, qué decir o cuándo! Y el silencio llena nuestro espacio. Callar es, entonces, un privilegio! Saber callar a tiempo, todo un arte... en estos tiempos que corren con demasiado ruido!

Porque muchas veces, cuando hablamos, lo hacemos para llenar el silencio, sustraernos del miedo, de más sufrimiento o de la culpa! Y, entonces, con las palabras intentamos huir del dolor, aunque sea intentando consolarnos o consolar -incluso atacar, también- a quien queremos. Pero, detrás del silencio vacío de palabras y de gestos, otras muchas veces hay un sentimiento de impotencia... de no saber qué, cómo o cuándo sucederá lo que suceda. Porque unidos el silencio y la distancia provocan inquietud, sobre todo cuando son involuntarios!

Mi vida, en estos últimos tiempos, está intentando desesperadamente que aprenda esta innegable lección de la propia vida! Me ha regalado distancia y silencio que hoy debo aprender a llevar, a digerir, a hacer soportables y cotidianos en mi vida! Supongo que, ante ellos, debo recurrir a mi corazón y, desde él, amarrarme a lo que siento dentro, lo único que realmente es capaz de romper este -humanamente insoportable- silencio y distancia, que la vida me está trayendo! Debo ser capaz de encontrarme con su mirada y con sus gestos callados para ser capaz de reencontrar la paz que, ante el miedo a la incertidumbre, a ratos parece ausentarse de mi Alma! Y debo ser capaz de dentrarme en mi Alma para, desde ella, soñar de nuevo y confiar en que la vida hace lo que debe, aunque humanamente nos cueste aceptarlo!

Y hoy soy capaz de ver su mirada en cada rincón que miro, en cada momento que paso lejos de ella... y me doy cuenta de que mis ojos no me engañan: ella -mi buena amiga- hoy no está aquí, conmigo, donde podría mirarle a los ojos, tomarle la mano y pedirle que tenga fuerzas para salir adelante y recuperar su sonrisa. Ni tan siquiera sé si alguna vez volveré a saber de ella y a compartir los sueños -amarillos- que ambos compartíamos a menudo. Pero, si no me dejo vencer por el miedo, si en cambio busco en mi corazón, la siento siempre cerca, conmigo... a pesar del silencio y de la distancia -propios y ajenos- que hoy y a ratos pugnan por imponerse! Porque ahí, en nuestro corazón, es donde encontramos esa paz con sentido, necesaria para romper la distancia, el silencio y la soledad, que el ser humano teme, desde siempre. ¿No será por ello que otorgamos al corazón la capacidad de amar y, por tanto, de dejar de tener miedo? ¿No son solo nuestros ojos los que ven distancia, silencio y miedo, donde nuestro corazón solo ve amor verdadero, próximo, compartido y para siempre?

Esté donde esté, en su corazón -como en el mío- no puede haber silencio ni distancia! Esté como esté -aún con sus luces y sus sombras- su corazón es quien le ayudará a ver de nuevo la vida de color y le hará quererse y sentirse querida... en unos momentos en los que, quizás, sus ojos -hoy seguramente tristes- solo le hablan de sufrimiento, silencio y de distancia!

Quizás por eso, desde aquí, desde mi corazón, solo puedo pedirle a ella que tenga el valor de dejar de mirar con sus preciosos ojos... y que sea capaz de ver su vida desde el corazón, donde solo hay amor y esperanza!

Para ella, desde dentro...

Miguel Benavent de B.

viernes, 17 de julio de 2009

¿QUIÉN ES EL PROTAGONISTA DE TU VIDA? (y II)



Ayer te comentaba una película que impactó en mi vida, "Algo para recordar". Aquí quiero seguir comentándote mi segunda gran película, esa que responde a mi interior y que conmueve mis sentimientos más profundos. Se trata de "El próximo año a la misma hora", con Alan AlDa y Ellen Burstyn ("Same Time, Next Year", dirigida por Robert Mulligan en el año 1978,Universal Pictures). Desde que la ví por primera vez -hace ya bastantes años- disfruto cuando la miro y siempre logra conmoverme.

Una breve explicación del argumento. Un hombre y una mujer jóvenes se conocen por casualidad en un romántico hotel durante una cena. Aunque ambos están casados, aparecen juntos en la cama al día siguiente preguntándose qué les pudo pasar. A pesar de todo, quedan para el año siguiente en el mismo sitio para el mismo fin de semana y cada año. Y así, año a año, se encuentran y comparten durante un par de días sus respectivas experiencias de la vida, llegando a establecerse un amor especial y sólido, pero amor al fin y al cabo.

Como he comentado antes, siempre me ha gustado esta divertida comedia melodramática. En su momento porque -sin yo saberlo explicar ni haberlo experimentado aún- respondía a ese precioso sentimiento del amor eterno, que perdura en el tiempo, que crece y nos hace crecer a ambos y que queda a salvo de la convivencia y del peligro de la rutina de una relación de pareja. Cada vez que la veía, entendía en ella un sentimiento profundo -pero cierto- que yo albergaba en mi alma. La eternidad del amor y la presencia de personas en nuestro corazón, aunque estén temporal o definitivamente ausentes en nuestra vida.

Quizás porque mi vida está plagada de experiencias ingratas, despedidas silenciosas o huídas súbitas, este sentimiento de la presencia ha sido importante siempre en mi corazón. Con o sin justificación, algunas personas queridas en mi vida decidieron unilateral y repentinamente abandonarla, sin previo aviso, supongo casi siempre por miedo a sentir o a vivir la vida tal y como venía. Eso, supongo, me hizo sentír algo culpable y, evidentemente, era causa de mi sufrimiento. Aunque acabo de darme cuenta hace relativamente poco, quizás tuvo que fallecer en accidente de coche mi mejor amiga de juventud hace ya muchos años para darme cuenta que el dolor ante la ausencia era natural, insufrible y, en ese caso, ajeno a mí; en esa primera experiencia cercana a la muerte, comprobé con sorpresa que ese sentimiento de exclusión o de ausencia, no era tal; de hecho, desde su muerte -allá por el año 1979- hasta hoy nunca he sentido su ausencia, aunque sí tal vez la he encontrado a faltar en algunos momentos puntuales de mi vida o ante circunstancias que me recordaron momentáneamente a ella. Pero hoy puedo afirmar taxativamante que esa amiga inseparable que murió a los 18 años de edad estuvo, está y estará siempre presente en mi vida, simplemente porque está más allá de ella, en mi corazón, ubicado en el Alma y, popr tanto, ajeno al Tiempo y el Espacio.

Y ese film habla de ello, aunque solo describa cada encuentro. Habla de esa presencia y ausencia cíclica de dos personas -un hombre y una mujer- que se quieren más alla de la presencia contínua y que comparten -de alguna manera- su propia vida, año a año, por encima de las circunstancias y a distancia. Es curioso ver en la película como ambos protagonistas se encuentran una vez al año y escasos momentos después del encuentro están tan unidos como siempre, como si se hubieran visto el día anterior. ¿Cuántas veces hemos vivido esos encuentros súbitos y mágicos, con personas queridas, después de un largo periodo de separación, pero que ambos nos sentimos como si hubiéramos estado juntos cada día? ¿Cuántas veces, en cambio, compartimos nuestra vida con personas que, día a día, se nos hacen más extrañas, ajenas y haciéndonos sentir a ambos igualmente lejanos y ausentes? ¿Cuántas veces hemos compartido momentos estelares, rincones mágicos conmigomismo, con alguien físicamente ausente de nuestra vida?

Y ahora que estoy algo más cerca del alma, soy capaz de entender estos sentimientos reales y, aparentemente, inexplicables desde la limitada razón humana. Es, simplemente, amor, pero del bueno... o sea poco que ver con el que gastamos coloquialmente en presuntas relaciones sentimentales y novelescos romances. Tanto es así, que hoy, acostumbrado como estoy a vivir cada día más desde mi alma -aún despertándose-, tengo la facultad de reconocer solo ese amor especial, verdadero y probablemente eterno en mis relaciones, que corresponde a esa idea del amor que todos tenemos, pero que muy pocos tienen el valor de luchar por él y convertirlo en su nueva y merecida vida! Haciéndolo asi, uno obedece al alma y adquiere la esperanza de tropezar con ese amor verdadero cada día y vivir la felicidad consiguiente, que no es más que compartir ese amor de manera singular, recíproca y valiente. Claro que eso hace que uno ya no puede conformarse con menos, ni con romances efímeros ni ensayos generales para aprender a vivir, en los que la víctima siempre es uno mismo y el otro... evidentemente, ambos corazones que se dañan mutuamente sin saberlo! ¡Si se puede hallar y vivir un amor verdadero, por qué conformarse con un amor de segunda clase y que no llega al alma, por tanto depende demasiado del tiempo y del espacio? Y ese amor verdadero, todo en él tiene magia, es singular e irrepetible día a día y se perpetua por siempre en el tiempo!

Personalmente nunca he creído en la utópica media naranja! Aunque ahora sí creo en las almas gemelas, aunque su conexión no siempre implique una relación convencional ni romántica; más que una relación, es un "relacionarse" con un alma a la que estamos inexorablemente unidos por y para siempre! Es un sentimiento nuevo e intenso para mí, pero maravilloso, pues vivo la presencia de esa alma gemela desde mi propia alma, cada momento de mi vida cotidiana. Es maravilloso sentirse uno con alguien que no está necesariamente y en todo momento contigo. Es un amor nacido del alma y, por ello, puro, incondicional, sin estar necesariamente condicionado a un tiempo y un espacio determinados, aunque vive siempre en la esperanza de llegar a ser humano y expresarse por la piel! Y ese es el amor que no se ve en la película comentada, pues se supone que se da, precisamente, cuando no están juntos durante un largo año -entre encuentro y encuentro- pero que, a la vez, favorece el instantáneo y mágico reencuentro año tras año, haciendo crecer un mútuo, puro y sólido sentimiento entre ambos... lejos de la convivencia, los entresijos de la vida cotidiana y de la peligrosa rutina! Aunque es verdad que uno siempre piensa que, a partir de un amor del alma como éste, incluso es fácil hacerlo crecer en el día a día, siempre y cuando el alma nos acompañe e ilumine cada simple acto de nuestra vida!


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sábado, 13 de junio de 2009

SI TÚ ESTUVIERAS AQUÍ...



Para este fin de semana te dejo una canción, sin duda, emblemática para mi en mis tiempos pasados. Es del mítico grupo británico Pink Floyd, su "Wish you were here". Espléndida pieza musical de los 80's, del álbum del mismo nombre.

Durante muchos años esta canción rememoraba la ausencia de mis seres más queridos. Con una vida repleta de despedidas silenciosas y de marchas súbitas sin avisar, mi corazón frecuentemente se encontraba con el lánguido lamento de esta canción que expresa la soledad que uno siente cuando un ser amado desaparece y se le echa de menos. Hoy, demasiados años después, he aprendido que la distancia de alguien amado de verdad no existe, solo hay que aprender a buscar su proximidad dentro nuestro, en el corazón de uno mismo; si el amor es de verdad -aunque no se manifieste ahora- esa distancia desaparece y nos sentimos acompañados de ese alguien especial, esté o no con nosotros. Uno llega a sentir profundamente la permamente presencia del ser amado, donde quiera que vayamos y en todo momento! Eso es válido incluso tras su muerte... Evidentemente, acostumbrados como estamos a lo evidente, lo externo y al ruido ajeno, la mente insiste en recordarnos que esa persona amada ya no está con nosotros o cerca nuestro, intentando despertar el olvido; si dejamos a la razón hacer de las suyas, apelará a nuestro Ego insano y/o a nuestro propio sentido de supervivencia frente al dolor que, de entrada, se siente en estas situaciones; rememorará constantemente lo que merecemos o intentará poner tierra de por medio entre esa persona y nosotros, para hacernos reemprender nuestro camino -temporalmente aplazado por esa ausencia- hacia la felicidad. Pero las razones de la razón en estas dolorosas situaciones no convencen ni eliminan el sufrimiento! Uno es libre -incluso- de sentir el profundo dolor de la ausencia, pues éste enseña a ver si es amor de verdad o no lo que nos une a la persona ausente; si pasado un tiempo, ese presunto amor se diluye pronto y nuestro corazón anhela abrirse de nuevo a alguien, querrá decir que ese sufrimiento no tenía mucho sentido en nuestra vida... o que teníamos más miedo a la soledad, que necesidad de su compañía; si, en cambio, ese sufrimiento se dilata en el tiempo, no atiende a razones externas y, sobre todo, uno se siente internamente confortable consigomismo ante la soledad y el silencio, significará que la distancia no es impedimento para sentirnos igualmente amados... aunque querrá decir que un amor de verdad como ese debería ser cuanto antes compartido y vivido por ambos!

Pero, aún así, ese amor distante duele, como el que más! Por eso es en el silencio con uno mismo, en la atención permanente a lo que sucede en cada instante, en almacenar felicidad propia para luego poder compartirla y en la esperanza del retorno como uno logra defenderse de ese agudo sentimiento de soledad que le sugiere la distancia o el silencio del ser amado. El tiempo dirá si ese amor se reencontrará con la deseada realidad compartida, cercana, y concreta... o bien si permanecerá para siempre en el baul de los sueños rotos, aunque, sin duda, como amor verdadero pero imposible...

Te invito a escuchar esta bella pieza de Pink Floyd, así como a disfrutar de un fantástico fin de semana con tus personas queridas, estén o no ahora cerca tuyo.... siempre es posible encontrarlas en tu corazón!

Te deseo un feliz fin de semana!

lunes, 26 de enero de 2009

SI TU NO ESTÁS...



"La distancia no es cuánto nos separamos. La distancia es si no volvemos".

Alejandro Sanz



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